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MESSIAH'S CHRISTIAN FELLOWSHIP - Church in Las Vegas, Nevada |
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Pastor Bertoli’s Book God’s Workmanship Under Grace-En Español Translation by Salvador Torres |
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La Obra de Dios en Su Gracia
Explorando las Bendiciones en Cristo de un Creyente.
Capítulo Siete
La Obligación del Creyente hacia su Llamado
Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional. No os conforméis a los patrones de este mundo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta. (Romanos 12:1-2)
¿Cómo debe responder el creyente al don de salvación de Dios? El pasaje de arriba de Romanos tiene once capítulos de enseñanza teológica en relación al plan de salvación de Dios. Pablo empieza con la amonestación, Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios. A la luz de todo lo que Dios ha hecho por Su misericordia y gracia en el llamado al creyente, Pablo está listo para dar instrucciones prácticas a los creyentes para que lleven una vida santa.
La Vida Dedicada
Romanos 12:1-2 es fundamental para cumplir nuestra obligación hacia nuestro llamado. Pide al creyente que presente su cuerpo como un sacrificio vivo y santo a Dios. Requiere la completa dedicación de nuestras vidas a cumplir el propósito de nuestro llamado. Cada parte de nuestro ser deberá dedicarse al trabajo de Dios. Nos debemos rendir a los derechos y deseos de nuestra carne, sometiéndonos a las maneras de Dios con toda santidad, convirtiéndonos en testigos efectivos del mensaje del evangelio. El texto de arriba indica dos cosas que el creyente debe hacer para establecer los cimientos de un santo vivir. Primero, debe apartarse del sistema o mentalidad del mundo (no os conforméis a los patrones de este mundo verso 2). Esto es, salir de él, dejando de amar las cosas del mundo que se oponen a la verdad de Cristo y que estimulan nuestros deseos carnales. El Apóstol Juan lo dice mejor en su epístola.
No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo. Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre. (1 Juan 2:15-17)
El texto de 1 Juan no dice que el creyente deje este mundo para escapar a su corrupción, sino que no sea contaminado con lo malo que le rodea. Se debe abstener de cualquier cosa que tenga la apariencia de algo malo o que se oponga a las cosas de Dios. No debe proveer a la carne (Romanos 13:14) nada que lo ponga en una posición en la que pudieran dispararse sus tendencias pecaminosas. Un creyente que ama a Dios más que a su propia vida, no comprometerá su fe o permitirá que su relación con Dios se dificulte. Todo el tiempo vivirá para complacer a Dios interesado en cómo sus acciones afectarán su relación con el Padre. La segunda cosa que hacemos al presentar nuestros cuerpos a Dios es permitir que nuestras mentes sean transformadas por la renovación de las Santas Escrituras (sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento verso 2). Las Escrituras nos edifican y fortalecen al dirigirnos en los caminos de Dios. Nos permiten discernir entre el bien y el mal, la verdad y la mentira, lo santo y lo malo. La Palabra de Dios está viva y activa.
Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón. (Hebreos 4:12)
La Palabra refleja los secretos y motivos de nuestros corazones que algunas veces son malos. Nuestros corazones yacen desnudos ante Dios a través de Su Palabra, que nos declara culpables de cualquier engaño o pecado en nuestros corazones. Es tan poderosa que cuando nos sometemos a la Palabra con obediencia y humildad, perfora nuestros corazones con la verdad de la santidad. Las Escrituras son los medios que el Espíritu Santo usa para traer el cambio y la dirección a nuestras vidas Cristianas. Cuando nos volvemos a Dios con obediencia, el Espíritu Santo imprime en nuestras mentes y corazones la necesidad de cambio y nos guía en la dirección de la santidad. Cuando nos sometemos al liderazgo del Espíritu Santo, alcanzamos la plenitud de la gracia de Dios, arrancando de raíz nuestras fallas y trayendo bondad a nuestras obras y pensamientos.
La Plenitud del Espíritu Santo, la Vida Guiada por el Espíritu
Cuando el creyente ha presentado de una vez por todas, su cuerpo al trabajo de Dios, puede entender las maneras de Dios y Su perfecta voluntad (para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta verso 2). Ahora está en una posición de vivir en la plenitud del Espíritu Santo, que es la segunda obligación del creyente en el propósito de su llamado.
No os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución; antes bien sed llenos del Espíritu. (Efesios 5:18)
En la verdad posicional (nuestra nueva postura), el Espíritu Santo tiene todo de nosotros. En este mandamiento, el énfasis está en el creyente para que tenga todo el Espíritu Santo que vive en él. Este mandamiento requiere que el creyente esté totalmente sometido al Espíritu Santo en su vida diaria – para ser controlado y guiado por el Espíritu en todos los asuntos de la vida. El creyente que es sumiso continuará creciendo en la gracia de Dios mientras el Espíritu Santo lo guíe. Este mandamiento, “estar lleno del Espíritu”, es imperativo para el creyente para que madure en su fe Cristiana. No es una opción, sino una obligación de todo creyente en su obediencia a Dios. El tiempo del verbo “estar lleno” implica una acción repetitiva en la que el creyente va a estar continuamente lleno del Espíritu Santo. Cualesquiera que sean nuestras deficiencias o donde quiera que nos encontremos en nuestro andar Cristiano, debemos buscar estar llenos o controlados constantemente por el Espíritu mientras Dios nos guía, un paso a la vez, en el proceso de maduración. El Padre, a través del Espíritu Santo, continúa revelando las áreas de nuestra vida que necesitan crecer. Una vida guiada por el Espíritu nos ayudará a responder de manera apropiada.
La Evidencia de una vida llena del Espíritu Un creyente que está madurando al ser guiado por el Espíritu, se expresará él mismo de la siguiente manera: primero, es obediente a la Palabra de Dios. No hay manera de que un creyente viva una vida llena del Espíritu si ignora las Escrituras que le ordenan vivir de manera santa. Mucha gente actualmente ha substituido la obediencia con las muestras emocionales como evidencia de una vida llena del Espíritu. Las costumbres y acciones externas (como bailar y gritar) de una persona se han convertido en el criterio de su espiritualidad en vez del cambio interno en obediencia que tiene que tomar lugar en su corazón. Es imposible caminar en la plenitud del Espíritu Santo sin obediencia a la Palabra de Dios. Este primer punto define de muchas maneras una vida llena del Espíritu. Segundo, el creyente siempre está creciendo y adaptándose a la imagen de Jesucristo.
El que dice que permanece en Él [Jesús], debe andar como él anduvo. (1 Juan 2:6)
Este segundo punto nos lleva más allá de la obediencia necesaria a la Palabra de Dios. Andar de la misma manera que Jesús anduvo es ser totalmente consumido con los mismos deseos y voluntad que Cristo tuvo en Su amor por el Padre. Del mismo modo, el creyente es movido por un deseo de ser más como Cristo, que incluye un deseo de complacer al Padre en todas Sus maneras. Los creyentes deben tener la mente de Cristo en todo lo que hagan hoy. Nuestra voluntad debe estar atrapada en la voluntad del Padre, nuestros deseos deben estar en armonía con los deseos del Padre, y nuestra conducta debe seguir el camino acorde al camino del Padre. No solo somos sensibles al pecado, sino también a cualquier cosa que pudiera ser impropio en nuestro andar con Dios. Cuando el Espíritu Santo nos guía constantemente de esta manera, nuestra relación con Dios será más que solo seguir sus mandamientos. Incluirá una faceta en nuestra vida que siempre busca ser un testigo de Dios y traer gloria a Su nombre. La tercera evidencia de una vida guiada por el Espíritu es la resistencia en los tiempos difíciles de la vida. El creyente persevera a través de las dificultades y tribulaciones de la vida, sabiendo que esa es la voluntad de Dios. Está consciente del hecho de que las circunstancias juegan un papel en formar su carácter y en darle forma a la imagen del Hijo. El creyente guiado por el Espíritu considera las implicaciones espirituales de su situación a pesar de la incomodidad que le ocasionan. En vez de huir de estas pruebas que Dios le da, ve la necesidad de perseverar, sabiendo que Dios está usando sus circunstancias para construir su fe. Esta es la amonestación de Santiago a los creyentes.
Hermanos míos, tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia. Mas tenga la paciencia su obra completa, para que seáis perfectos y cabales, sin que os falte cosa alguna. (Santiago 1:2-4)
Cuarto, el creyente que es lleno del Espíritu está profundamente consciente de cómo sus acciones afectan el mensaje del evangelio y a los demás. Está interesado en su conducta, y no tiene deseos de poner ninguna piedra que haga tropezar en su camino a quienes lo oyen. Este era el deseo del Apóstol Pablo quien se sometió a la consciencia de todos los hombres sin ponerse en riesgo ante Dios, para que fuera oído el mensaje del evangelio.
Por lo cual, siendo libre de todos, me he hecho siervo de todos para ganar a mayor número. Me he hecho a los judíos como judío, para ganar a los judíos; a los que están sujetos a la ley (aunque yo no esté sujeto a la ley) como sujeto a la ley, para ganar a los que están sujetos a la ley; a los que están sin ley, como si yo estuviera sin ley (no estando yo sin ley de Dios, sino bajo la ley de Cristo), para ganar a los que están sin ley. Me he hecho débil a los débiles, para ganar a los débiles; a todos me he hecho de todo, para que de todos modos salve a algunos. Y esto hago por causa del evangelio, para hacerme copartícipe de él.(1 Corintios 9:19-23)
Que maravilloso testimonio de un hombre que amó a Dios y fue guiado por el Espíritu. Lo único que le importaba a Pablo era que la gente tuviera el conocimiento salvador de Jesucristo a través de su testificación de Dios. En su vida guiada por el Espíritu esto era lo que siempre motivaba a Pablo. Hizo cualquier cosa con amor y para la gloria de Dios.
Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios. No seáis tropiezo ni a judíos, ni a gentiles, ni a la iglesia de Dios; como también yo en todas las cosas agrado a todos, no procurando mi propio beneficio, sino el de muchos, para que sean salvos. (1 Corintios 10:31-33)
Como creyentes debemos hacer eco a estas palabras en nuestras propias vidas, caminando de una manera que glorifique a Dios y siempre motivados por nuestro deseo de complacerlo. Cuando esto es verdad en nuestras vidas, el fruto de nuestra fe es vertido en nosotros, haciendo un enorme impacto para el reino de Dios en las vidas de los que nos rodean. Todo esto es posible en una vida llena del Espíritu. Recuerda, esto no es una opción, sino un mandato de nuestro Padre en el cielo. Este tipo de compromiso con la fe es acompañado con las siguientes características: gratitud, gozo, y paz en el Espíritu Santo.
Estad siempre gozosos. Orad sin cesar. Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús. (1 Tesalonicenses 5:16-18, énfasis agregado)
Porque el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo. (Romanos 14:17, énfasis agregado)
Cuando nos apoyamos en Dios al practicar la santidad, estamos contentos en cualquier situación o circunstancia, sabiendo que el Padre nos ama y nos cuida. En vez de quejarnos o rezongar en nuestras dificultades, encontramos un lugar en nuestros corazones para dar gracias a Dios porque el gozo y la paz de nuestra salvación permanecen intactos.
El Fruto de una vida llena del Espíritu El producto final de un Cristiano maduro, que constantemente continúa llenándose del Espíritu, es una vida balanceada e intachable, apartada del mal y sobre cualquier reproche. Es sensible a lo malvado, sin quererse identificar con cualquier cosa que sea impropio para un Cristiano. Es puro de corazón en cuanto a que sus motivos son inocentes y carecen de cualquier intención malvada. Es humilde y cortés, sin considerarse a él mismo mejor que los demás. Hay gentileza hacia la gente, sin permitir rudeza o aspereza en las relaciones. Es amable con los demás y siempre considera sus necesidades. El creyente tiene empatía con la gente, mostrando compasión y misericordia en tiempos de necesidad. Es paciente, comprensivo y considerado hacia los errores de los demás, con un genuino amor por ellos. Este amor que es la base de todas sus acciones, es incondicional y sacrificado por naturaleza (Romanos 12:9).
Compromiso con la Fraternidad
Para que estos atributos santos se refuercen, el creyente debe dedicarse a la fraternidad de creyentes dada por Dios en el cuerpo de Cristo. Esta es la tercera obligación en cuanto a su llamado en Cristo.
Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza, porque fiel es el que prometió. Y considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras; no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca. (Hebreos 10:23-25)
El pasaje de arriba nos muestra cómo debemos estimularnos o provocarnos unos a los otros para amar y las buenas obras. Esto solo sucede cuando estamos en fraternidad con nuestros hermanos y hermanas en el cuerpo de Cristo. El estímulo que necesitamos para perseverar se encuentra en la fraternidad con otros Cristianos santos. No existe el Cristiano solitario. Los que insisten en que pueden vivir independientes de la iglesia se están privando ellos mismos del soporte que necesitan para continuar en la plenitud de la fe Cristiana.
Las Prácticas Esenciales de la Fraternidad Hay cuatro cosas que deben ser practicadas en la iglesia local para mejorar la fraternidad. En el libro de Hechos se nos da una vista interna de estas pertinentes prácticas.
Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones. (Hechos 2:42)
Estos cuatro puntos son la enseñanza de la Palabra, fraternidad, el partir el pan (quizá una referencia a la comida de la fraternidad practicada en la antigua iglesia, seguid por la cena del Señor) y la oración. Estas cuatro prácticas fueron el corazón de la iglesia del primer siglo. Las iglesias hoy deben seguir el mismo camino en su fraternidad. La enseñanza de la Palabra nos protege del engaño del pecado. La fraternidad de los creyentes es la salvaguarda contra los ataques del enemigo. El compartir el pan nos recuerda nuestra meta común y propósito como creyentes. La oración es el medio por el cual nos comunicamos con el Padre de manera íntima. Si los líderes promueven estos puntos en las funciones de la iglesia, los creyentes tendrán una dieta espiritual saludable en sus asambleas. Es asombroso como las iglesias de hoy han sustituido éstas por muchas otras prácticas para que la gente se involucre en su caminar Cristiano. Hay lugar para otras prácticas en la iglesia, siempre y cuando no reemplacen o minimicen los puntos esenciales para madurar.
La Disciplina de la Fe
Un punto final que no podemos dejar pasar es la disciplina de la fe. Esta se aborda en 1 corintios 9:24-27:
¿No sabéis que los que corren en el estadio, todos a la verdad corren, pero uno solo se lleva el premio? Corred de tal manera que lo obtengáis. Todo aquel que lucha, tiene un entrenamiento estricto. Lo hacen, para recibir una corona que no dura, pero nosotros, una que dura para siempre. Así que, yo de esta manera corro, no como a la ventura; de esta manera peleo, no como quien golpea el aire, sino que golpeo mi cuerpo, y lo hago mi esclavo, no sea que habiendo predicado a otros, yo mismo venga a ser eliminado.
Creyentes, vivir en la plenitud de la fe Cristiana, demanda disciplina. El Apóstol Pablo habla arriba de poner su cuerpo en sumisión – la disciplina necesaria para cumplir con su llamado a la obediencia de la fe. Pablo sabía que el cuerpo demanda su libertad y sus derechos para expresarse de la manera pecaminosa de nuestra naturaleza caída, que en realidad es una vida centrada en uno mismo. Una vida centrada en uno mismo ignora lo que Dios trata de hacer en nosotros como Sus instrumentos de santidad. Esto no puede ser. Aunque somos totalmente libres después de la experiencia de nacer de nuevo (verdad posicional), las tendencias de la carne todavía están activas en nosotros. Nosotros como creyentes jugamos un rol activo, a través de la disciplina, en el proceso santificador del Espíritu Santo. No es como si fuéramos robots que no tienen control sobre sus elecciones, sino que en la libertad que tenemos en Cristo, disciplinamos nuestros cuerpos para servir a Dios, con todo nuestro ser. El ser guiados por el Espíritu Santo incluye la disciplina de fe, adquiriendo control sobre la carne mientras trabajamos en armonía con el ministerio santificador del Espíritu Santo.
Resumen
Como creyentes tenemos una obligación y una responsabilidad en nuestro llamado en Cristo. Debemos dedicar nuestras vidas al trabajo de Dios presentando nuestros cuerpos como una ofrenda en nuestro servicio a Él. Debemos apartarnos de sistema del mundo y renovar nuestras mentes y corazones con la guía de las Escrituras que nos dirigen en las maneras y voluntad de Dios. Dios nos ha ordenado ser guiados y conducidos por el Espíritu Santo en cada aspecto de nuestras vidas. La vida guiada por el Espíritu se mide de cuatro maneras: obediencia total, apegarse a la persona de Jesucristo, resistir las dificultades y pruebas, y ser testigo del mensaje del evangelio. Debemos protegernos de la pereza espiritual y las presiones de nuestro andar Cristiano disciplinando nuestros cuerpos en la fe, siempre buscando crecer en la gracia de Dios. Debemos estar dedicados a la fraternidad de creyentes, animándonos y motivándonos unos a otros hacia las buenas obras en la fe. El resultado de esto es un amor y una santidad que refleja el amor incondicional y la santidad de Dios. Esto cumple el propósito de nuestro llamado a ser santos e intachables como hijos de Dios (Efesios 1:4). |